El Ave Fénix

El Ave Fénix es Dios entre las aves: la adoran y la siguen en su cortejo sin verla nunca. Intuyen que existe pero les está vedado conocer su forma.

Dicen las crónicas antiguas que al ave llamada FénixPhoenix-Ash-Beautiful-Burn-Colorful-Fire-Rainbow-1800x2880 se la conocía desde mucho antes de venir Jesucristo. Sin embargo, desde las primeras épocas cavernarias de los discípulos de Jesucristo, se fue inflamando de la idea que tenemos de Resurrección, incorporándose en 2000 años francamente a la mitología cristiana. El Ave Fénix es un pájaro maravilloso que  se desplaza en los cielos de la imaginación. Por informes de quienes afirman haberle visto a través de la Historia, al parecer vive unos quinientos años, y cuando va a morir inicia un último vuelo majestuoso que abarca todo el cielo conocido; ve todos los bosques y elige el árbol más alto para posarse y hacer su nido. Allí cumple la misión de la que es capaz: renacer de sus propias cenizas. El Fénix hace su nido con hojas de plantas aromáticas, menta, ruda, eucaliptus, casia, nardos, cinamomo, mirra, y resina de pino. Cuando finalmente reposa sólo alzando su testa coronada para cantarle al sol, que enviará al fuego en sus rayos, en un instante, es purificado todo con las llamas. De las cenizas del ave, confundidas con la mezcla olorosa, nace el nuevo Fénix. Y la nueva ave maravillosa, tomando consigo los restos de cenizas del sacrificado, se eleva inmediatamente al cielo, en dirección a la mítica ciudad de Heliópolis, donde las deposita a manera de ofrenda en el altar del templo consagrado al sol.
Levantada en honor a Ra -el sol-, la antigua ciudad de Heliópolis asombra hoy por su grandeza, si pensamos que de ella los griegos aprendieron su poderosa sabiduría. Durante 5 mil años de dinastías faraónicas no tuvo rival en el estudio del hombre y sus recursos; nuestro calendario solar de 365 días divididos en 12 meses, es obra de sus matemáticos y astrónomos. Denominada On en el Antiguo Testamento, por las calles de Heliópolis se cruzaban vecinos ilustres: entre otros, vivieron allí Pitágoras y Platón, y el legislador Solón, junto a Clístenes, ideólogos de la doctrina democrática. Luego, la ciudad del Fénix fue hundiéndose, literalmente, en la arena, al ser poco a poco olvidada a partir del año 331, cuando Alejandro Magno fundó una ciudad similar 210 kilómetros al norte: Alejandría. A comienzos del año 500 la arena ya cubría las ruinas de Heliópolis, parte sobre la cual se construyó el primer emplazamiento de la ciudad de El Cairo. En 1987, cuando unos obreros cavaban los cimientos para levantar una escuela de ingeniería en la Universidad Ein Shams, al norte de la actual capital egipcia, desenterraron la primera evidencia: una tumba, la primera de un total de quince en la primera excavación. Pronto salieron a la luz columnas de templos y derruidos obeliscos: decenas de ellos. Los matemáticos de Heliópolis dieron, primero a Grecia y luego al resto del mundo civilizado, innumerables formas geométricas, entre ellas, el obelisco; entre ellos, se ha encontrado uno hecho en granito rojo de Asuán, erigido hace unos cuatro mil años por el faraón Senwosret I: pesa 121 toneladas y mide más de 20 metros. Es cierto que el obelisco excepcionalmente se ha mimetizado a modo de silencioso homenaje a la que fue una de las cunas de la cultura occidental (la otra es el monte Sinaí). En todas las grandes ciudades hay obeliscos que cantan a Heliópolis, como los del Parque Central de Nueva York o el de las riberas del Támesis, al que los ingleses llaman “La aguja de Cleopatra”; en Sudamérica es famoso el de Buenos Aires, un obelisco en plena avenida de Mayo que para el pueblo argentino indica el sitio de reunión en días marcados.
Hoy, en El Cairo, junto a la gran cantidad de obeliscos que se encuentran, ha brotado de la arena un enorme muro de ladrillo, sólo excavado en 1.5 kilómetros de largo, y el cual según las crónicas antiguas se  extiende rodeando Heliópolis: la ciudad que guarda el altar en que el Fénix ofrenda sus cenizas. Claudio Claudiano, el poeta romano, que vivió alrededor del año 400, ha escrito: “Venera el Fénix la ilustre ciudad de Titán muy conocida en Egipto por sus sacrificios expiatorios. El templo de esta ciudad descansa sobre cien columnas cortadas en las canteras del monte de Tebas”.  La expresión “ciudad de Titán” o “Titania”, es el mismo que se le atribuye a “Heliópolis” o “ciudad del sol”. Plinio, en su “Historia Natural” (lib. X, 2, 3-5) manifiesta: “El primer romano en hablar con precisión acerca del Fénix fue Manilio (que vivió en los tiempos de Sila), el senador más noble por su saber, que no había aprendido de ningún maestro. Refiere que jamás nadie vio al Fénix comer, que en Arabia es un ave consagrada al sol, y cuando empieza a envejecer se construye un nido de ramas de casia e incienso, lo llena de perfumes y muere en él. Entonces de sus huesos y médulas nace primero una especie de gusanillo, luego pasa a ser un polluelo. Este lo primero que hace es rendir al anterior los honores fúnebres llevando el nido entero a la ciudad del sol, en Egipto”.
Manilio, que vivió alrededor del año 106 a. J.C., narra que el Fénix renace de sí mismo cada cierto número de años en que coinciden los mismos signos de estaciones y constelaciones, hecho que empieza alrededor del mediodía el día en que el sol entra en el signo de Aries. Posteriormente, Cornelio Valeriano (según el mismo Plinio) cuenta que el Fénix voló a Egipto en el consulado de Quinto Plaucio y Sexto Papinio, en el año 34 de nuestra era: “fue llevado a Roma durante la censura del emperador Claudio en el año 800 de la fundación de Roma y expuesto en el Comicio pero nadie dudó en que era un Fénix falso”. Tácito en sus “Anales” (VI, 28) cuenta que “el primer vuelo del ave a la ciudad llamada Heliópolis, tuvo lugar en el reinado de Sesosis, luego en el de Amasis, más tarde en el de Plotomeo, el tercer rey de Macedonia. La antigüedad no es clara en este punto, pues este relato contiene muchas cosas legendarias que se han ido añadiendo, pero no cabe duda de que esta ave de nombre Fénix aparece alguna vez”.
¿De dónde viene el Fénix? El lugar permanece oculto a nuestros ojos. El griego Hesíodo lo sitúa, “más allá del océano que baña la tierra, en unas islas lejanas cruzando los confines occidentales del orbe, allí donde el sol tiene su palacio”. El latino Horacio da una ubicación del lugar geográficamente lejana, “y junto al país de la primavera”. En su poema “Phoenix”, Claudio Claudiano dice que el Fénix viene de un bosque sagrado situado en las cercanías del orto del sol, “este bosque es el primero en recibir la luz del sol, en escuchar los resoplidos de los caballos que arrastran su carro, que se sacude las aguas del océano del que acaba de surgir”. Este sitio, apartado de la humanidad pero inmerso en nuestra memoria histórica, se cita en la tradición de todos los pueblos antiguos.  Entre los griegos era conocido como Jardín de los dioses y se encontraba en el Olimpo mismo. Los milenarios habitantes de las culturas de Perú, en pleno corazón de Cuzco, han dejado vestigios de lo que fue una enorme muralla que a imagen y semejanza de Heliópolis, custodiaba el Jardín del sol, que los reyes Incas de Machu-Picchu levantaron en honor de sus mayores, que según la tradición eran “gentes que vinieron de un país magnífico que hay luego del cielo” -según Garcilaso de la Vega- “en donde los árboles, las flores, las enormes estatuas y hasta el agua, todo es de oro puro, de tanta luz del sol”. La misma cuna azteca Tenochtitlán fue levantada en el centro del agua que se hace espejo al sol, en honor a la mítica Aztlán, el origen desconocido que también se ha identificado como Mayapán, donde la particularidad es que ningún habitante muere, sino su vejez. En los grandes países de Oriente, como China y Japón, se ubica la morada del ave Fénix francamente en la Isla de los Inmortales. En los países en que se extendió el Corán se le identifica como Jardín de Alá. La tradición literaria occidental dice que la altura de la morada del Fénix supera la de las montañas más altas en doce codos, por lo que no fue tocada durante la inundación de Deucalión que citan libros sagrados. Para los cristianos, la morada de donde viene esta ave fantástica es el mismo Paraíso.
Coinciden los libros sagrados de las culturas antiguas en que de donde viene el Fénix, los rasgos esenciales del lugar son la presencia de todo bien y la ausencia de todo mal. Siempre hay primavera y hay árboles de todas clases, el clima es en verdad agradable pues nunca se acercan las tempestades ni la lluvia ni el rayo; el frío no hiela y en medio brota una fuente de agua cristalina: esta vertiente de agua dulce que las escrituras llaman “viva”, fecunda el jardín suave y abundante cada mes, regándolo entero dos veces al año. A cada riada corresponde una cosecha, según narra el profeta Ezequiel. En estas inmediaciones crece el árbol cuyo fruto es la manzana dorada, una fruta especial de sabor exquisito, similar a la manzana común en su forma. En verdad que allí crece en plenitud la vida; bajo las enramadas murmuran arroyos entre plantas floridas que trepan por troncos olorosos a madera noble. Este lugar de bienaventuranza, que Quintiliano llamó “locurum amoenitas” en su Institución de Oratoria (X, 22)”, está constituido y dispuesto de manera tal que todo allí es un placer para los sentidos humanos y en consonancia con los cuatro elementos; su exuberancia es expresión de la existencia divina, por eso la brisa es una suave caricia para el tacto.  Hay una variedad de más de 10.000 especies de flora y fauna útil y sumisa a la voluntad del hombre. Preside todo este excelso territorio una justa medida y una equilibrada templanza que se expresa en las impresiones acústicas que vienen del canto de los pájaros y del susurro tranquilo que juega en la gran fuente y los arroyos. La música natural rebota en toda la gama de colores que se ven, donde no hay contrastes demasiado fuertes ni se difuminan los contornos, sin embargo parece que cada cosa es como sí misma y como todas a la vez. No tienen allí cabida los animales dañinos (“en especial la serpiente”, según Virgilio en Égloga, IV, 2), y nada perturba el sueño, símbolo del descanso propio a la naturaleza. Homero (“Odisea“, VI, 41-47) y Lucrecio (“De Rerum Natura”, II, 646-651) narran que reina en el sitio la paz del espíritu y la suave calma. Según Hesíodo (“Los trabajos y los días”) allí viven, “los semidioses de los tiempos de la guerra de Troya”; que es una Edad que no se designa con ningún metal al ser distinta a los demás, por ser idealización del pasado heroico que cuenta la épica griega, según la cual muchos de los conocidos antiguos héroes, “fueron alejados y segregados de los hombres por Zeus quien los llevó a los últimos confines de la tierra, allá se arremolinan los torbellinos en las más altas profundidades del océano”. En medio de este sitio poblado de valientes y arquetipos vive el Ave Fénix, unos quinientos años sólo consigo mismo.
En su jardín jamás se turba la felicidad de vivir pues no sufre el cuerpo ni se desconcierta el espíritu, porque no existe la muerte.  Sólo el Fénix siente el peso de la inmortalidad, y desde la llanura muy elevada que habita se desplaza inquieta hacia los árboles de la dulce mansión habitual del bosque, saliendo de sus santos lugares e instada por un afán de no-sé-qué, va por los señalados caminos sagrados cruzando parajes enmarañados de colores verdes y amarillos que caen en desfiladeros ocultos. En su aleteo indica rítmicamente (con un sonido que es como el vacío) el paso inexorable de sus últimas horas, de sus últimos días y noches. Los otros habitantes del jardín saben que, de acuerdo a las señales, el Fénix llevado por su extraño afán partirá hacia este mundo, el nuestro, donde la muerte tiene su reino. Toda la naturaleza del lugar calla cuando el ave se remonta, en un solo impulso, a la palmera más alta, tanto que su copa trepa a las estrellas y se hunde por uno de los hoyos de la noche, a través del cual se sabe que se asoma al mundo que hay detrás de la corteza del cielo;  como un gusano cruza interiormente una manzana, así se desplaza: aquí se inmolará para renacer de sí mismo, práctica que según se dice desde los tiempos en que reinaba Chronos, el derrocado héroe de los tiempos primitivos, ya le era usual al primer Fénix, cuyo origen no sabemos.
En la Epístola primera que envía San Clemente de Roma a los cristianos reunidos en Corinto, en el siglo I de nuestra Era, comenta en los versos XXV y XXVI:  “…es el caso que existe un ave que tiene por nombre Fénix;  ésta, que es única en su especie, vive quinientos años y, llegado al punto de su muerte, fabrica para sí misma un ataúd de incienso, mirra y otras especies aromáticas, en el que se mete al cumplírsele el tiempo y allí muere. Según va pudriéndose su carne, nace un gusano, el cual, alimentado de la materia en putrefacción del animal muerto, viene a echar alas. Luego, hecho ya fuerte, levanta el ataúd donde están los huesos de su antecesor y, cargado con todo ello, realiza el viaje de Arabia a Egipto, a la ciudad llamada Heliópolis. Donde en pleno día,  a la vista de todo el mundo, vuela sobre el altar del sol y allí deposita los huesos. Hecho esto emprende el viaje de vuelta. Ahora bien, los sacerdotes examinan las tablas  de los tiempos y comprueban que el ave volvió cumplidos los quinientos años. Luego, ¿vamos a tener por cosa grande y de maravillar que el Artífice del universo haya de resucitar a cuantos le sirvieron santamente en confianza de fe buena, cuando hasta por medio de un ave nos manifiesta lo magnífico de su promesa? Dice, en verdad: Tú me resucitarás y yo te confesaré. Y: Me dormí y me tomó el sueño, pero me levanté porque tú estás conmigo. Y Job igualmente dice: Y resucitarás esta carne mía que ha sufrido todas estas cosas”.
San Clemente y luego también San Ambrosio (en Muerte de su Hermano Sátiro, lib. II, 59), aluden al “Libro de Job” (XXIX, 18) y en especial a este pasaje al que los rabinos daban la interpretación relacionándolo con el Fénix. Escribió San Ambrosio: “¿Sólo los hombres no creemos en la resurrección? Pues bien, por referencias frecuentes y por la autoridad de las Sagradas Escrituras conocemos un ave que tiene fijado el tiempo de quinientos años de vida, y cuando entiende que está cerca su fin, lo que prevé gracias a un cierto presentimiento y apreciación naturales, se construye una caja de incienso, mirra y demás plantas aromáticas y una vez terminada su obra enseguida y en el momento oportuno entra en ella y muere. De los humores putrefactos nace un gusano que va creciendo poco a poco hasta tomar la figura y costumbres de la misma ave anterior… Por la resurrección de esta ave los indígenas saben que ha transcurrido un período de quinientos años. Esta ave resucita al cabo de quinientos años, nosotros al cabo de mil. Ella en este mundo, nosotros en la consumación de los siglos”.
El escritor griego cristiano Eusebio de Cesárea, que vivió en el siglo IV, narra (en su Preparación del Evangelio”, IX, 29, 16): “Vimos, además, otra ave extraña, maravillosa como jamás nadie había visto. Su tamaño era aproximadamente el doble del de un águila. Las plumas de sus alas eran de variados colores, el pecho de púrpura, sus patas de bermellón y por la nuca tenía un mechón de color de azafrán; su cabeza era semejante a la de los gallos domésticos. Miraba alrededor con su pupila verde poma; era ésta como un grano de granada. Tenía la voz más hermosa de todas.  Parecía el rey de todas las aves;  al menos así podía creerse, pues todas las aves a una seguían detrás de ella muy respetuosas. Ella avanzaba como un toro soberbio con paso rápido y majestuoso”.
El Fénix es dios entre las aves, que la siguen en su cortejo sin verla nunca. Intuyen que existe pero les está vedada su forma.
Otros escritores griegos que se han ocupado del Fénix y cuyos textos han llegado hasta nuestra época, podemos citar a Antífanes (siglo IV a. de J.C., según cita Ateneo a finales del siglo II de nuestra Era en “Deipnosofistas”, XIV);  Arístides (s. II, en “Discursos”, XVII, 2; XX, 19; XLV, 107); Eliano (s. II, en “Naturaleza de los animales”, VI, 58); Enesidemo (s. I, aunque el texto se perdió, fue citado dos siglos después por Diógenes Laercio en “Vida y doctrina de los filósofos”, IX, 79); Filostrato (a finales del s. II cita al Fénix en su obra “Apolonio de  Tiana”, III, 49);  Libanio (s. IV, en “Discursos”, XVII, 10);  Luciano (s. II, en “Hermótino”);  Plutarco (s. I, en su “El silencio de los Oráculos”, I, 21, y en “Cuestiones Conviviales”, VIII, 4, 2); Herodoto (en “Historias”, II, 73). Entre los escritores griegos cristianos, han hablado del Fénix, además del citado Eusebio de Cesárea (s. IV, en “Vida de Constantino”, IV, 72); Gregorio Nacianceno (s. IV, en “Poesía”, en el apartado “Consejos a las doncellas”, 1, 2); Orígenes (a finales del s. II y comienzos del III, en “Contra Celso”, IV, 98, y en su “Génesis”, según la versión de Casiodoro de Reyna, IV, 4-5).
Entre los escritores latinos paganos podemos mencionar a Aurelio Víctor (s. IV, en “Los Césares”, IV, 14); Ausonio (s. IV, en “De Aetate Animalium”, XVIII, 6, y en Gryphus ternarii numeri”, II, 11-27);  Estacio (s. I, en “Silvas”, II, 4, 37, y III, 2, 114); Lampridio (s. V, en “Antonio Heliogábalo: narradores de la Historia Augusta”, XXIII); Lucano (s. En “Farsalia”, VI, 680); Marcial (s. I, en “Epigramas”, V, 7; VI, 37, y IX, 12); Ovidio (que vivió cuando Jesucristo predicó su doctrina, cita al ave Fénix en “Amores”, II, 6, 54);  Séneca (I, en “Epístola”, XLII, 1). Plinio el viejo hace múltiples referencias a escritores anteriores a él que se preocuparon del ave Fénix: vivió en el siglo I, y habla explícitamente del ave en su “Historia natural”, VII, 49;  X, 2, 3-5;  XII, 19;  XIII, 41, y XXIV, 9, 29.  Entre los escritores latinos cristianos que se ocuparon del tema, cabe mencionar, entre otros, a San Agustín (s. IV y comienzos del V, en su “El alma y su origen”, IV, 20, 33, y en “Sermón”, 18); San Avito (s. V y comienzos del VI, en su “El comienzo del mundo”, I, 212-222-244-258 y 264;  II, 152); Comodiano, que se cree vivió en el s. III (en su “Poema Apologético”, 139-142); Tertuliano (s. II y comienzos del III, en su “Resurrección de los muertos”, XIII, 2); y Zenón de Verona (s. IV, en su “Tratado”, I, 16, 9).
El escrito más extenso sobre el Ave Fénix es un poema de 170 versos atribuido generalmente a Lactancio, el Cicerón cristiano. Esta aseveración de paternidad se funda en los testimonios de algunos escritores de la Alta Edad Media, y en manuscritos de los siglos IX y X: los conocidos como “Manuscritos de Verona”, y el “Vosiano”, que lo afirman, al igual que el catalogado con el número 13048 del fondo latino de la Biblioteca Nacional de Francia, en que se llama al poema “Lactantius de phoenice”;  aunque después del siglo XII se negó este poema como de autoría de Lactancio: el Codex DCLIX según el catálogo de manuscritos de la Biblioteca Universitaria de Turín, recopilado en el siglo XV, niega rotundamente a Lactancio, llamando al poema Versos del Fénix,  falsamente atribuidos a Lactancio.
Sin embargo, hay otros escritores que creen que Lactancio es el autor, entre ellos San Gregorio de Tours, quien en su obra “El curso de las estrellas” pone al Ave Fénix como una de las maravillas del mundo, y asevera diciendo: “La tercera maravilla del mundo es la que refiere Lactancio acerca del Fénix…” El manual anónimo “De Dubiis Nominibus” es un tratado gramatical sobre el género de algunas palabras latinas, escrito entre el siglo VI y IX, en el que se recurre al poema citado para ilustrar el género de los sustantivos, indicando los anónimos autores la expresión ut Lactantius (“como dice Lactancio”). Sin embargo, en los escritos de Lactancio rescatados por San Jerónimo no se cita nunca un texto alusivo al Fénix; es cierto que hay una contradicción en la autoría atribuida en la antigüedad y luego en la Edad Media, cuando se pierde. En la actualidad nadie se atreve a decir con precisión quién fue su autor: la versión que nos ha llegado simplemente es atribuida a la tradición, indicándose que posiblemente fue escrito a comienzos del siglo III, recreándose desde entonces. La versión que sigue está vertida al español de acuerdo a la edición del Corpus de Viena. Dice:

   DEL AVE FÉNIX: “Existe un bienaventurado territorio, más lejano que el remoto Oriente, en donde se encuentra la puerta mayor que se abre a lo eterno. El lugar no está cerca del orden estival ni del bienal, y se acerca a la bóveda celeste desde donde el sol derrama en verano su diáfana luz. Allí, un campo de llanos libre al aire en su plenitud no permite las colinas ni tierras quebradas de otros valles. El sitio se eleva doce codos más alto que nuestras más altas montañas, y cuida el bosque sagrado de sol, perpetuamente frondoso en su abundancia de  árboles siempre verdes por su imperecedero follaje. En el tiempo en que el cielo se incendió abrazado por el fuego de Faetón, el sitio permaneció intocado. Cuando el diluvio de Deucalión sumergió todo, las aguas lo respetaron y el sitio se veía elevado por encima de ellas; intocado. No entran allí las agotadoras enfermedades ni la vejez decadente ni la muerte cruel ni el crispado miedo ni el crimen ni la nefasta ambición o la envidia, ni el delirio que explota en furiosa pasión. Tampoco llegan el triste llanto ni la dolorosa indigencia ni los problemas que no dejan dormir, menos el hambre furibunda ni la melancolía. No ensordece la tempestad ni llega el viento horrible que arrasa ni el invierno mancha la tierra con su frío espectral. No tiende la nube su sombra encima de los campos ni lo alto derrama lluvia torrentosa. En medio de este bienaventurado territorio brota una fuente de agua cristalina, dulce y suave, abundante una vez cada mes, regando el agua viva el bosque entero doce veces cada año, permitiendo crecer majestuosas variedades arbóreas de las que brotan ramas que ofrecen frutas que nunca se acaban. En este bosque vive el Ave Fénix. Habita en soledad su vida y es único porque renace de su propia muerte. Acompaña en gloria a Febo (el sol), de quien sólo es complaciente; esta misión suya la realiza obedeciendo a un mandato de la madre naturaleza: cuando nace la dorada aurora y todo lo baña su purpúreo color que hace huir a la luz de las estrellas, en cuanto todo ha sido envuelto por los rosados tonos el ave cumple su misión; por cuatro veces hunde tres momentos su cuerpo en la fuente de las aguas y cuatro veces realiza la triple libación en donde arranca el manantial. Se alza luego y enfila hacia el árbol más alto para reposar en la cima y contemplar el bosque entero, sin nadie cerca de él para volverse hacia el joven orto del naciente Febo y esperar los rayos del primer albor. Cuando el sol ha cruzado el umbral de la flamígera  puerta y refleja el suave brillo de sus primeros rayos, el ave Fénix lanza su canto sacro, de acentos únicos que invocan los fulgores primeros con su voz encantadora que no podrían imitar ni el ruiseñor con sus tonalidades ni la flauta con la música de su sonido, tampoco se lo podría igualar al canto del cisne que muere ni el que arranca de las cuerdas sonoras de la lira. Se sabe que quien oye cantar al Fénix cura al instante sus enfermedades. Pero pocos, que se sepa, la han oído. Al paso de las horas, cuando Febo libra las riendas de sus corceles que arrancan presurosos hacia las regiones olímpicas y se enseña entero al cruzar de un todo a otro sin detenerse, el Ave Fénix a su paso lo saluda y abre y cierra sus alas a manera ritual; luego con veneración alza su coronada cabeza y mira directamente a Febo por tres veces unos instantes, mientras guarda silencio. Así, de día y de noche, va indicando el paso definitivo de las horas hasta un último sonido que arranca de su garganta y que no se puede narrar. El ave reina en el bosque sagrado como fiel sacerdote a los arcanos de la luz que en un momento rasga la noche. Transcurridos quinientos años, el Fénix siente el peso de su larga vida y sabe que el tiempo de su espacio se ha cerrado. Deja entonces su reino habitual del bosque junto al eco de su último canto secreto; deja sus sagrados lugares llevado por sí mismo y viene a nuestro mundo, donde reina la muerte. Con su vejez dirige su raudo vuelo a Siria, a la que se da el nombre de  Fenicia, donde en sus inaccesibles bosques marcados de parajes solitarios, ocultándose en algún lugar de esa selva lejana, escoge la palmera cuya copa se hunde en el aire, la palmera phoenix, llamada así en su nombre, y cuya altura no pueden violar animales dañinos ni las aves de rapiña ni la lúbrica serpiente. Entonces, Eolo guarda a los vientos en sus colgantes dominios para que no exciten con sus soplos al purpúreo aire o acarreen densa nube condensada por el norte en los espacios vacíos del cielo que pueda interponerse entre los rayos solares y el Fénix; quien construye su nido que es además su sepulcro. Para ello sube de la opulenta selva extractos y plantas aromáticas, que ha sembrado el asirio y el rico árabe y cultivado las tribus pigmeas o las gentes de India y de la tierra de Saba. Junto al cinamomo y el perfume del amomo que despide a lo lejos su fragancia, y el bálsamo con hojas, todo va mezclando. No faltan ni la suave casia o el oloroso acanto ni las lágrimas del incienso que deja caer en grandes gotas. Añade tiernas espigas de flor de nardo y la recia mirra. Construido el lecho con estas especies, acomoda su cuerpo y da descanso a sus ya cansados miembros, que rocía con su pico bañándose en los ricos jugos que extrae de la mezcla natural, se baña en los extractos a manera de quien cubre con un velo su cuerpo: así se dispone a morir en sí mismo; entonces es cuando entrega su vida entre perfumes no teniendo más necesidad de cosa fastuosa. Se dice que de su cuerpo yerto emana calor que viene de la muerte misma: este calor unido a los rayos  rojos del sol prenden en llamas que se exaltan por la luz del éter que quema todo convirtiéndolo en cenizas, las que se unen al líquido que descansa en el fondo mismo del nido formando una masa que es como el semen, del que surge otro ser vivo, sin huesos, similar al gusano que la tradición da color blanco, justamente, como la leche. Este gusano crece y al cabo de un cierto tiempo detiene su movimiento expansivo para replegarse como un huevo circular, similar a la manera como vemos en el campo a las orugas pegarse a las piedras con un cordón que mudará en mariposa. Así, el Ave Fénix toma la misma figura que tuvo, renaciendo de su quebrado despojo. Su alimento no es de este mundo y el don de su crecimiento en verdad no se conoce. Mientras salen sus plumas toma las escarchas del néctar celeste que deja el cielo estrellado cayendo como ambrosía, al instante quieta y transparente, que el Fénix toma hasta alcanzar porte maduro. En cuanto alcanza éste, al instante inicia el vuelo de retorno a la morada primera: aún antes toma los restos de su  cuerpo muerto, cenizas con despojo que va uniendo con bálsamo de pino, mirra e incienso mezclados; de ello hace un lío picándolo en ancestral rito. Entonces es cuando se remonta a la ciudad del sol llevando los restos entre sus garras: ya en el templo sagrado deposita lo que fue en el altar mayor. Quienes le vieron, porque algunos le han visto, dicen que la presencia del Fénix es maravillosa, y su aspecto insta a la  veneración: así es de inmensa su hermosura, así de iluminada su dignidad. Se dice que a unos su aspecto también produjo pavor. A primera vista su color es como el color que reposa bajo el astro del  cancerbero, que es como el azafrán de las cálidas granadas, como el color de las hojas que luce la adormidera silvestre o la flora toda cuando despliega su atavío dorado. Sus espaldas y el bello pecho también brillan, haciendo relucir su cabeza, la cerviz y los hombros. Su cola se alarga escapando entre amarillos metálicos que se van mezclando a manchas hasta enrojecer al  púrpura. Por encima, Iris pinta las plumas de sus alas como se suele ver el color de las nubes imaginado desde el cielo; en la cabeza el pico blanco resulta como el verde esmeralda y en su punta brilla como yema el color marfil. Sus ojos son enormes, se diría dos jacintos de cuyo corazón parece arrancar viva la luz del fuego. Ciñe su refulgente cabeza una corona ardiendo en ardientes destellos que enmarcan la eternidad del rostro de Febo. Escamas cubren sus patas como puntas de metal que acaban en garras del color del acero, sin embargo, más duras. Quienes se han atrevido a verle cara a cara dicen que su rostro es semejante a la figura del pavo real con un tono exuberante como el del ave de Fasis. Tanto si fuera una fiera como un ave, a este que nace en tierras de Arabia nadie iguala en grandiosidad. No se mueve con lentitud como otras aves de cuerpo voluminoso, que andan con pereza por su gran peso; el Fénix es ligero y veloz, de real dignidad. Así se presenta ante los hombres. A lo milagroso de tal aparición acude el mismo Egipto y la multitud honra con ovaciones su llegada. La figura de tan rara ave es inmediatamente esculpida en el sagrado mármol y tal acontecimiento y la fecha son consignados de nuevo en los archivos del templo. Todo el linaje de las aves ha acudido también, ninguna teme, ninguna recuerda la rapiña. Solo el Fénix se remonta a las regiones allá en el cielo cortejado por todas las aves, comitiva que la acompaña dichosa por tal ventura. Aunque, apenas llegando a las alturas del puro éter, sigue en soledad para ocultarse y permanecer en su morada, sin compañía. Su fin único que le concede la suerte de nacer otra vez de sí mismo le hace feliz recurrir al pacto de Venus: la muerte es su Venus. Es en sí mismo el ser y su descendencia, su propio padre y quien le hereda. Es su nodriza y su discípula. En verdad es el Fénix, es Él, pero no el mismo que fue. Es el que ha alcanzado la vida eterna por la muerte eterna…” Hasta aquí el texto atribuido a Lactancio, originalmente escrito en latín y compuesto en dísticos elegíacos, que son estrofas formadas por dos versos que suelen encerrar un pensamiento, y conocido como De Ave Phoenice.
   Durante el medioevo nadie se cuestionó la realidad del Fénix. Tampoco dudaron de su existencia los sabios. Creían en él San Gregorio de Tours (s. VI); Rábano Mauro (s. VIII-IX); San Isidro de Sevilla (s. VI-VII); San Valerio Abad (s. VII); San Alberto Magno (s. XIII)… Sin embargo, hubo quienes desestimaron francamente la verdad del mito, como el confesor Máximo (s. VII), quien escribió en “Epístola XIII”: “Me temo que al hablar de este tema los prudentes se rían de mí y me tomen por necio si intento decir que la fábula es una fábula. Pues, si el Fénix es un ave también es por supuesto un ser viviente. Pero si es un ser viviente, ante todo de ninguna manera es singular, como animal que es. Luego, si es un animal es un cuerpo animado y dotado de sentido. Ahora bien, si es un cuerpo animado y dotado de sentido, ciertamente está sujeto a generación y corrupción. Preguntemos a los mismos sabios y conocedores del universo si puede darse un cuerpo animado y dotado de sentido sometido a la generación y a la corrupción que sea en realidad de naturaleza singular, pues la índole y definición evidente de su ser es la sucesión de los unos respecto de los otros en su especie. Así lo atestigua la Escritura Divina dando por sí misma seguridad a su palabra cuando presenta a Dios ordenando al gran Noé lo siguiente:

“Entra  tú  y  toda  tu casa en el arca,  porque  sólo  te he  visto a ti  justo  ante mí  en esta generación. De todos los animales puros toma siete y siete, macho y hembra, de los que no son puros dos y dos, macho y hembra, y de todas las aves del cielo que no son puras, toma dos y dos, macho y hembra, para que viva la raza en toda la tierra… si como ave el Fénix completa el número de éstos, no es ciertamente una naturaleza singular, según las palabra divinas”.
Entonces, Máximo arguye la imposibilidad de que el Fénix pertenezca  a una especie distinta de aquella a la que pertenecen las parejas que Noé encerró en el arca. Y este eco no se oyó claramente hasta el tiempo inmediatamente posterior al Renacimiento, cuando los científicos de los siglos XVI y XVII comenzaron a desestimar el mito. Sin embargo, Juan Pierio en su “Hieroglyphica” (Lion, 1602) recopila textos de autores como Plinio el Viejo, Horapolo, Ateneo, Ovidio y otros, aludiendo a la autenticidad del Fénix y afirmando que es una manera de entender la resurrección cristiana: afirmándose en diversos textos significados del nombre “fénix”, concretizándolo como “inundación” en el sentido material y espiritual, aunque en relación con el viaje a Heliópolis encuentra dificultoso el traslado que de sus restos hace el ave. Muchos otros explican al Fénix solamente como se explica a un símbolo, encontrándole semejanza con, por ejemplo, el que vuelve por fin al hogar después de una larga estancia en el extranjero; interpretación que se afirma tomando como prueba antigua tradiciones de Egipto, como estipulan algunos libros sagrados de ese país (tal cual el Jeroglífico, XX). Otros suelen llamar “fenices” a “aquellos varones rarísimos que por su ciencia y virtud superan en mucho a los demás”, como dice Séneca (en “Epístolas”,  XLII, 1). Es verdad que hasta nuestros tiempos es lo común entre los escritores cristianos asociarlo con la resurrección.
Así, en lo que antes fue Heliópolis, hoy El Cairo, los arqueólogos esperan encontrar entre las ruinas de la ciudad hundida en la arena los anales del templo del sol, en que están estipuladas las fechas en que el Fénix vino antes a la tierra. Según el senador Manilio -de acuerdo a lo que narra Plinio al Viejo- el ave hizo una aparición durante el consulado de Quinto Plaucio y Sexto Papinio, que gobernaron en el año 36 a. J.C.  El historiador Tácito ubica la primera fecha de aparición del ave en nuestra Era durante el consulado de Paulo Fabio y Lucio Vitalio, el año 34, según estipula en sus “Anales” (VI, 28, 1). Para San Clemente de Roma es de especial importancia esto pues según informa en su  carta a la iglesia de Corinto (cap. 25) cuando el ave llega a Heliópolis: “…los sacerdotes del templo del sol examinan detenidamente su aspecto confrontándolo con la imagen que se halla reproducida en los Anales y pueden comprobar que han transcurrido quinientos años”. Aquiles Tacio (en “Leucipo y Clitofón”, III, 24) cita que: “…en Heliópolis el Ave Fénix aguarda en el aire, hasta que llega del templo un sacerdote con un libro en el que se halla la imagen del archivo con la que se compara y examina el Fénix recién llegado”. Este archivo es el que esperan ver en cada ánfora descubierta los arqueólogos, aunque sea lo que sea que encuentren, dirán como antes dijo Platón: “No debemos criticar demasiado severamente los relatos que se cuentan consignados en los libros de los templos sagrados”.

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